
La música la mareaba un poco, pero hasta ese momento sus principios no eran remecidos ni por el estruendo, ni los gritos; bailaban dignos, firmes y consientes de su importancia mientras el ente que los había olvidado, se abría paso entre un mar de gente que simplemente disfrutaba su noche. Respirar era difícil, recordar lo que creía correcto todavía más, hace rato se había hecho inmune a su conciencia. Seguía caminando, empujada por una que otra pareja que frenéticamente se besaba entre la multitud, cuando le llamó la atención la serenidad y pulcritud del personaje que también se había fijado en ella y a la vez avanzaba en dirección opuesta. Sin pensarlo dos veces caminó hacia él sin saber cual era el objetivo de aquel impulso, pero la aglomeración de gente se lo impedía, quizás como advertencia, quizás por casualidad.
Rendida, perdida y sola en medio de toda la masa, optó simplemente por disfrutar el espectáculo, nada más literal que eso. A su lado, las luces de colores repentinamente dejaban al descubierto a una que otra mujer más joven que ella, completamente fuera de sus dominios, extasiadas por ese ambiente que les era ajeno.
En eso estaba cuando una mano firme la tomó del brazo y la sacó del denso gentío. Al llegar a un lugar más desocupado y pacífico, quizo darse vuelta para ver quien la había rescatado y se encontró con los mismos ojos que minutos antes se habían establecido en los suyos. Quizo decir algo pero el brazo que aquel individuo había puesto al rededor de su cintura la confundió. Sin decir nada empezaron a bailar. El hombre que tenía en frente estaba dotado de los ojos más chocantes que podía recordar. Se sentía desnuda e indefensa al frente de ese mortal, de piel suave que además le sonreía y dejaba entrever unos dientes perfectos, anormales.
De a poco y sin escuchar los consejos de sus principios que hace un rato ya habían dejado de bailar y seguían con atención cada movimiento, ella y él, él y ella se aproximaron, disminuyendo la distancia que los separaba hace segundos. Ella rodeó el cuello de su compañero con sus brazos y dejó que él hiciera lo mismo con su cintura. Sus frentes se acariciaron en un compasivo encuentro. Ella podía distinguir perfectamente el olor a tabaco que emanaba la piel de su acompañante, mientras sus manos coqueteaban con su pelo que era igual de perfecto que él. A pesar de la cercanía ella seguía observando su sonrisa.
Su sonrisa que acababa de desaparecer.
Su sonrisa que se había convertido en unos labios cerrados y perfectos.
Sus labios que se acercaban.
Su conciencia que la estaba matando.
Sus latidos que se aceleraban.
Sus labios que estaban a milímetros.
Su razón que a cada segundo se volvía inaudible y se rendía...
Y que al final perdió.
Se besaron por varios minutos. Ella intentaba descubrir sin éxito algún atisbo de alcohol en su boca. La música ya no existía, la multitud había tomado un cohete y se habían ido todos al espacio. La necesidad de aire había desaparecido. Fue un beso casi utópico.
Y digo casi porque tuvo que terminar. Como todo en la vida, como la fiesta, como la lluvia que la acompañó durante el camino a su casa, como sus pensamientos abrumados, orgullosos. Como esa noche, simplemente como todo en la vida.
V.