Después
de infinitos minutos, días, horas, meses. Después de años enteros de
buscarse, se encontró en el lugar más insospechado. Donde pasó tardes
enteras, donde dejó su alma haciendo lo que más le gustaba. Donde soñó
despierto todos los días de esa época, sin excepción alguna. En los pastos
donde de pequeño pasaba sus tardes, donde aprendió a volar y de hecho voló
la primera vez. Fue el lugar donde tocó el cielo. Ese lugar que siempre lo
ayudó a encontrarse con quienes extrañaba mucho.
Ahí
mismo, entre hojas y mucho verde se reconoció, y aunque no logró descubrirse
enteramente, supo que iba por buen camino. Se dio cuenta de que era el primer
paso que debía dar,
que
tenía que dar para por fin, insisto, de todo el tiempo pasado (no perdido, sólo
pasado), volver a verse.
Volver
a verse y sentir el orgullo que lo acompañaba esos días al pensar en él, la
agradable sensación de la consecuencia,
el peso
de sus alas en la espalda en vez de el de la culpa y arrepentimiento. Volver
a sentir amor propio, plenamente.
Esta
vez sí que iba a volver, pensó y se prometió a si mismo.
V.
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